Y sin saber muy bien por qué se encontró un domingo frente a la chimenea.
Esa que dejó de encenderse hace mucho tiempo y que quizá sólo vuelva a ver la luz cuando decida escaparse de nuevo.
Sentada frente a ella, piensa.
Puede que quiera que el calor la llene los huecos que faltan.
O que desaparezcan las cosas que estorban.
Se dedica a mirar las llamas , como si en ellas encontrara la respuesta.
De pronto, se inclina. Y empieza a arrojar palos a la chimenea, uno por cada sueño roto.
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